jueves, 13 de noviembre de 2014

El Tajo en bici: la guinda

No encontré ningún cartel azul de esos con estrellitas, y desde luego no hubo trompetas ni aplausos. De hecho, hasta el primer pueblo, Montalvão, aquello era todo un gran trozo de tierra parecida. Llegaron las primeras casa y con ellas las primeras huertas, las primeras ovejas, las primeras vacas. En un campo amurallado vi a un chiquillo de espaldas, largo, moreno y sanote, llevaba pantalones cortos y unas botas enormes; se apoyaba de puntillas en otro muro para ver a su padre y otro hombre, que corrían con escopetas en las manos tras una manada de vacas. Gritaban juramentos en portugués mientras buscaban algo. No entendí qué pasaba pero había tanta fuerza en el aire, tanta emoción, me recordaba tanto a Cantabria, que cuando pienso en Portugal pienso en ellos. Un poco más tarde se oyeron disparos.

Muchas ovejas después llegué a Nisa y, chapurreando sonrisas, di con una pensión perfecta. Los bares estaban llenos de hombres viendo el partido con vino y cortezas, las calles llenas de gente tranquila, todavía hacía calor. Suertuda que es una, gané dos horas de sueño con el horario de invierno. Las carreteras ya eran llanas, aunque no pude ir del todo bien porque volví a descubrir un radio roto: ¡el de Talavera! Me mosqueé un poco, pero fui igualmente hasta Abrantes.

Enseguida rompí aguas, tanto calor y tantas cuestas en la entrada a la ciudad... Dormí en una pensión muy antuigua, de las más antuiguas, con tocador, terciopelo rojo y techos de 4m. Ya andaba yo enamorada de Portugal y esa manía suya de vivir su cultura en vez de venderla... Por la mañana la misma señora me acompañó hasta la tienda de bicis y yo tuve una horita para pasear y charlar con simpáticas panaderas abrantinas. El día fue malo, las piernas pochas me obligaron a tirar de voluntad e inconsciencia. En todos los pueblos varias fuentes, baños públicos y mesas para descansar; olía a comida rica y sábanas limpias al sol. Dormí en un camping ecológico y por primera vez me dió pena que todo se acabara.

Un día y 100km más tarde llegué al embarcadero de Montijo. Fue el único día que tuve miedo de verdad: rectas de varias decenas de km, con un arcén de 30cm y camiones inmensos a toda velocidad, en ambos sentidos. Me lo quité de encima lo más rápido posible (reto altamente motivador, no kidding) y ya subida en el barco el ruido de los camiones se convirtió en emoción al ver Lisboa por primera vez. El Tajo era tan grande que tardamos 20min en cruzarlo, yo que le había visto nacer hacía unas semanas... La ciudad un auténtico caos, enorme, ruidosa, viva, llena de luz. Dos días después hice el paquete más cutre con la bici y el resto es historia.














La prueba: cara de panoli!