martes, 4 de noviembre de 2014

El Tajo en bici: con la boca llena

Mientras preparaba el viaje, y durante la mayor parte del mismo, no he sido capaz de creer que llegaría a Lisboa, tan concentrada he ido en el camino en vez del final. Así que Portugal, hasta el día en que lo he cruzado, ha permanecido como la gran incógnita, un continuo "bueno, ya lo veré cuando llegue".  Ni mapas, ni ciudades apuntadas, ni palabras aprendidas, ni billetes comprados: nada. Más de una noche me he acostado pensando, entre los recuerdos del día, los nuevos retos que me traería ese nuevo país que yo, ignorante como soy, lo imaginaba como ruidoso y caótico, un amenazante desequilibrio en mi recién aprendida rutina de pedalear por el arcén y acampar tranquila. Pero espera, aún no he contado nada desde que dejé Molina, rompí el móvil y empezó otro viaje, uno más analógico, más satisfactorio, más auténtico...

La carretera que vino con ese primer desvío me llevó, sin yo saberlo, hasta el Barranco de la Hoz. Quizás el sitio más bonito en el que he dado pedales, una sorpresa silenciosa que me tuvo sonriendo hasta que llegué a Zaorejas. Después se puso a llover y, de una valentonada, intenté llegar hasta la Sima de Alcorón sin los pantalones de lluvia. Como si me estuvieran poniendo a prueba, empezaron a aparecer rayos, viento, lluvia intensa, y para hacerlo todo más memorable, granizo. Empujé la bici, bajando la cabeza para que doliera menos, los pies, los culotes, los guantes, todo iba encharcado. Llegué al refugio y lo puse todo a secar, cené y me dormí en el suelo. Poco rato, pues bien entrada la noche empezaron a venir furgonetas de gitanos rumanos, que me alumbraron con los frontales desde fuera de las ventanas, me pidieron perdón y me dejaron seguir durmiendo con el susto en el cuerpo.

Por la mañana, todo seguía aún mojado: envolví los calcetines con bolsas de bocadillos y marché dejando a los vecinos junto al fuego. En Villanueva me metí al bar y no salí hasta las 11:30. A los diez minutos, Roberto, el camarero ecuatoriano de camisa desabrochada, ya me había ofrecido techo y comida; él y los demás, entre risas y orujo, me animaron a bajar a la Alcarria. Cuando los rumanos volvieron a invadir el bar, me monté en la bici, motivada, y llegué al camping de Sacedón unas horas después con un "qué valiente, en bici, con este tiempo". Fue el día en que no necesité bajarme del sillín, cuando supe que podría con todo. Esa noche volvió a llover sin tregua y al guardar el colchón descubrí el mayor charco de agua sobre el que he estado encima jamás. Todo era un barrizal arcilloso y yo le hacía fotos de pura incredulidad.

Salir de allí fue duro: una nacional con varios túneles no iluminados en curva y unas piernas aún inexpertas. Hice etapa en Almoguera, en una pensión de novela de Galdós, pobre, oscura, llena de mujeres hacendosas y personajes curiosos. La mañana siguiente fue la última de lomas antes de meterme en las vegas de Madrid. Recuerdo haber parado a comer almendras del suelo, pero me resultaron demasiado amargas. Adiós mis planes de autosuficiencia viajera. Acampé en Villamanrique del Tajo, entre la contaminación lumínica de la capital y sapos grandes como mi cabeza.

A primera hora de la mañana, me crucé con unos hombres que parecían del siglo XIX y que, según me contaron, cazaban conejos con alguna que otra dificultad. Tras unos primeros 15km de fista porestal, tuve que filtrar agua del Tajo, mucho pueblo pero ninguno con fuente abierta; Madrid me ha parecido descuidado, impersonal, poco amable. En Aranjuez incluso me crucé con el exhibicionista preocupao de los clínex, justo antes de pagar el doble en el camping, o de no poder entrar a los jardines con bici pero tampoco encontrar un sitio donde candarla. Yo que venía del campo...

Con un sol abrasador y muchas ganas, hice el camino hasta Toledo por más fistas, esta vez sin mapa. El campo ya empezaba a estar vallado, no vi a nadie, excepto en el único momento de duda en un cruce de tierra, donde, como siempre, apareció la ayuda en forma de ciclista veterano en bici de los noventa. Entré a la ciudad sorteando la carretera, entre viejas fábricas abandonadas llenas de grafitis. Allí encontré a mi madre y el sábado descansé, andé y comí bien, que falta me hacía.

























2 comentarios:

lectoraadicta dijo...

Hermosas fotos, hermosa la fotógrafa, capaz de semejante reto.
Un beso.

Raquel dijo...

Muchas gracias por el cariño :)
Ojalá todos los "retos", como tú dices, fuesen así de sencillos!!
Otro beso.