sábado, 25 de diciembre de 2010

Leer al calorcito



"El ucraniano le ayudó a quitarse el abrigo y le preguntó:
- ¿Hace frío?
- ¡En el campo, mucho! ¡Y sopla un viento...!
Su voz era clara y jovial, su boca pequeña y de labios gruesos y toda ella era redonda y emanaba una especie de frescura. Después de quitarse el abrigo, se frotó enérgicamente las sonrojadas mejillas con sus manos, que eran pequeñas y estaban enrojecidas por el frío, y entró rápidamente en la habitación, golpeando con fuerza los tacones de sus botines contra el suelo.
«No tiene chanclos», pensó de pasada la madre.
- ¡Pues sííí...! - alargó el sonido la muchacha, sintiendo un escalofrío-. ¡Vaya que si estoy helada...!
- ¡Ahora mismo pongo el samovar al fuego!- dijo la madre, entrando apresurada en la cocina-. ¡Es un momento!"

La Madre, de Gorki, fue quizás la culpa y el origen de mi rusofilia. Cada vez que hace frío me acuerdo de esa señora poniendo a calentar el samovar, un aparato que ha ido cambiando de forma en mi cabeza  a lo largo de los años, pero que, extrañamente, siempre ha representado el hogar, la familia. Y es que muchas de las cosas importantes ocurren en la cocina, en torno a algo caliente...

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