martes, 18 de noviembre de 2014

Música para normales

http://8tracks.com/lamagars/ordinaire

Dice la Maillart, que es uno de los pilares más robustos de mi panteón personal, que "la sagesse est d'accepter d'être ordinaire". Menudo viaje el suyo, toda una vida rompiendo convencionalismos para llegar a la conclusión de que todo es normal, todo está bien.

Hacía mucho que no juntaba canciones. Para escuchar cuando las aguas bajan mansas, podéis pinchar AQUÍ.

jueves, 13 de noviembre de 2014

El Tajo en bici: la guinda

No encontré ningún cartel azul de esos con estrellitas, y desde luego no hubo trompetas ni aplausos. De hecho, hasta el primer pueblo, Montalvão, aquello era todo un gran trozo de tierra parecida. Llegaron las primeras casa y con ellas las primeras huertas, las primeras ovejas, las primeras vacas. En un campo amurallado vi a un chiquillo de espaldas, largo, moreno y sanote, llevaba pantalones cortos y unas botas enormes; se apoyaba de puntillas en otro muro para ver a su padre y otro hombre, que corrían con escopetas en las manos tras una manada de vacas. Gritaban juramentos en portugués mientras buscaban algo. No entendí qué pasaba pero había tanta fuerza en el aire, tanta emoción, me recordaba tanto a Cantabria, que cuando pienso en Portugal pienso en ellos. Un poco más tarde se oyeron disparos.

Muchas ovejas después llegué a Nisa y, chapurreando sonrisas, di con una pensión perfecta. Los bares estaban llenos de hombres viendo el partido con vino y cortezas, las calles llenas de gente tranquila, todavía hacía calor. Suertuda que es una, gané dos horas de sueño con el horario de invierno. Las carreteras ya eran llanas, aunque no pude ir del todo bien porque volví a descubrir un radio roto: ¡el de Talavera! Me mosqueé un poco, pero fui igualmente hasta Abrantes.

Enseguida rompí aguas, tanto calor y tantas cuestas en la entrada a la ciudad... Dormí en una pensión muy antuigua, de las más antuiguas, con tocador, terciopelo rojo y techos de 4m. Ya andaba yo enamorada de Portugal y esa manía suya de vivir su cultura en vez de venderla... Por la mañana la misma señora me acompañó hasta la tienda de bicis y yo tuve una horita para pasear y charlar con simpáticas panaderas abrantinas. El día fue malo, las piernas pochas me obligaron a tirar de voluntad e inconsciencia. En todos los pueblos varias fuentes, baños públicos y mesas para descansar; olía a comida rica y sábanas limpias al sol. Dormí en un camping ecológico y por primera vez me dió pena que todo se acabara.

Un día y 100km más tarde llegué al embarcadero de Montijo. Fue el único día que tuve miedo de verdad: rectas de varias decenas de km, con un arcén de 30cm y camiones inmensos a toda velocidad, en ambos sentidos. Me lo quité de encima lo más rápido posible (reto altamente motivador, no kidding) y ya subida en el barco el ruido de los camiones se convirtió en emoción al ver Lisboa por primera vez. El Tajo era tan grande que tardamos 20min en cruzarlo, yo que le había visto nacer hacía unas semanas... La ciudad un auténtico caos, enorme, ruidosa, viva, llena de luz. Dos días después hice el paquete más cutre con la bici y el resto es historia.














La prueba: cara de panoli!

domingo, 9 de noviembre de 2014

El Tajo en bici: el currusco

Justo al salir de Toledo volví a romper otro radio, así que para no perder el día decidí dormir en Talavera de la Reina y arreglar la rueda lo antes posible el lunes. Carreteras llanas y un carril bici para entrar a la ciudad (si todas tuvieran uno...). La tienda era chupiguay, tardaron bastante y encima mal, porque su radio negro no me duró ni una semana. No me costó nada salir de allí, consumo mucha energía entre tanto ruido, además aquí también se me cruzó otro friki traqueotomizado (2/2).

Seguí el rodeo por la preciosísima vía verde de la Jara; la vida cambia cuando no se está pendiente de ser atropellada y se puede ir embobada en los árboles que pasan. Esa tarde llegué a destino a las 3, pero me dio un aire y decidí continuar; 2km después mis ruedas empezaron a soplar y descubrí asombrada que unos cardos habían pinchado hasta siete veces las únicas cámaras que llevaba. Tras una hora al sol conseguí cubrir todo con los cuatro parches que me quedaban. No fui capaz de meterle la presión que necesitaban, pero empujando (+10km) y dejándome caer, buscando sin acierto un río accesible para llenar mis botellas vacías bajo un sol que aún quemaba, llegué ya de noche a Valdelacasa de Tajo. Señoras al fresco, niños a cenar, fuente con Vírgen. Acampé en llano bajo un olivo a las afueras, apenas dormí de la adrenalina, del calor y la humedad. 

Me desperté con las ruedas planas, mala señal, decidí desviarme hasta Navalmoral de la Mata a por recambios. A medio hinchar conseguí llegar hasta Peraleda de San Román. Otra vez la suerte en forma de ciclista veterano me apuntó hacia Luisma, el dueño de la discoteca, mecánico de afición; de vieja en vieja y tiro porque me toca, una mano me llevó hasta la puerta de su casa. Parco en palabras y de naturaleza generosa, el mecánico me arregló el día con el aire de los tractores. Comí en las ruinas romanas de Bohonal, arreglé la bici en Navalmoral y cogí un tren hasta Monfragüe para retomar la ruta al día siguiente. Me equivoqué de giro y volví a encontrarme haciendo 14km de más, a toda velocidad, de NOCHE. Pero ya estaba curtida y otra vez supe que todo tiene solución; por primera vez el sobreesfuerzo lo vi como entrenamiento en vez de cansancio añadido. Fue un día bonito de conversaciones en pueblos; Extremadura y Guadalajara han sido insuperables en eso.

El calor que pasé en Monfragüe sólo lo sé yo. Sin sombras, ni aire, ni visera. Todo el campo vallado. En Talaván llené las botellas en una fuente centenaria y acampé a unos kilómetros del pueblo; qué decir de las estrellas, las vi a puñados en aquellos días de cielos despejados. El día siguiente fue malo, lleno de cuestas y carreteras en mal estado. Pero un alimoche pasó a 5 p**s metros de donde yo estaba comiendo!! Llegué a Alcántara reventada, para encima recorrer 6km más (con casi 200m más de desnivel puñetero), buscando un camping que estaba cerrado. Menos mal que di con Bernardo y se me pasó el mosqueo en su casa rural. Paseo nocturno con olor a naranjas y como nueva.

Café, perrunilla, gente maja... vamos, que volví a salir tarde. Recuerdo Carbajo con cariño, sin razón concreta. Me costó millones dar con un sitio donde acampar (era o saltar vallas o hacerlo en la carretera), así que acabé haciéndolo en un merendero a la salida de Santiago de Alcántara, de cara a un lago, sin luces, ni nubes; no dormí nada, entre el viento y unos chicos de botellón ya de madrugada. A la mañana siguiente tuve que esperar sentada a que hubiera luz suficiente para montarme en la bici. Pasé una zona mágica de niebla y ríos y llegué a Cedillo a mediodía; era sábado y la presa estaba abierta. Un trabajador me dio unos nombres de pueblos que apunté en una hojita y así, y sin cobertura, es como entré en Portugal...